(2013-12-11) Sobre fueros y aforados

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Antiguamente existía el Antiguo Régimen, y frente a él pugnaba el Nuevo Régimen que se autocalificaba de más justo, más democrático, más… todo lo bueno y honroso.

En el Antiguo Régimen, el monarca (entonces, sólo existía la monarquía como sistema de gobierno, el resto eran teorías inaplicables a la vida real), el Rey, personalizaba la opresión, de hecho era el opresor. Los impuestos NO se cobraban en nombre del Rey, se cobraban PARA el Rey. La justicia NO se impartía en nombre del Rey, se impartía POR el Rey y, sí él no podía o, simplemente, no le apetecía, delegaba en quien tuviera por conveniente. La policía actuaba POR ORDEN del Rey, no según la ley, la justicia o el interés común.

En el Antiguo Régimen, el Rey era muy malo, egoísta, injusto, caprichoso. Los jueces daban forma a sus maldades, egoísmos y caprichos. La policía, sin ningún tipo de límite, ejecutaba las maldades, egoísmos y caprichos ordenados por los anteriores, los jueces.

Como el Rey era tan malo y quería retener el poder, se temía que no convocara a las Cortes, o que detuviera a los congresistas, o los sometiera a terribles torturas, a increíbles castigos, a interminables padecimientos, a insufribles sufrimientos y no sólo a ellos también a sus familias, con tal de conseguir aquello que le placía.

Los jueces no eran de fiar, pues no sólo cumplían tan aviesas órdenes, sino que, en ocasiones, con tal de ser favorecidos por el Rey, se excedían, imponiendo un castigo aún mayor del que el malvado Rey pensaba, haciéndolo de una forma mucho más cruel, terrible, etc.

La policía, que carecía de formación pero no de fuerza, acumulaba maldad tras maldad y se perfeccionaba en este arte, de modo que, recibidas las terribles órdenes del Rey, acrecentadas por el juez en magnitud, mandadas en forma de castigo y represión, acostumbraba a demostrar que ella era aún mejor que los anteriores, mejorando la brutalidad de la injusticia ordenada.

En aquella época, ser congresista y suicida-masoquista con tendencias al martirio más atroz era todo lo mismo, motivo por el que no existían muchos candidatos para el puesto.

Como solución comenzó surgir el concepto de inmunidad, muy parecido fonéticamente al de impunidad, en casi todas las lenguas, pero, en teoría, radicalmente distinto. Con la inmunidad surgieron “valientes” de debajo de las piedras, donde antes se habían escondido, de detrás de las puertas, donde se habían ocultado, y llenos de valor del nuevo concepto, ¡perdón! henchido su pecho del valor cívico que siempre tuvieron, acudieron raudos al Congreso, a ocupar un escaño antes que nadie queria y sobre todo, antes de que se lo pisaran.

Hay que reconocerlo, la inmunidad, el aforamiento, la prohibición de detención de un representante de la nación eran, en aquel lejano y terrible tiempo, una necesidad en TODA EUROPA. No nos creamos que solamente ocurría en España. Si analizamos la historia en detalle, tal vez nos asombremos de las prácticas de los monarcas de más allá de los Pirineos, del Canal de la Mancha y allende la Selva negra, etc.

Lo que ahora llamamos aforamiento era una gran conquista de la que únicamente disfrutaban los más privilegiados. ¡Perdón! Era una gran conquista que, por su extraordinario valor, sólo podía ser disfrutada por un pequeño grupo de personas, el estrictamente necesario, las más importantes, los representantes de la nación.

Con el paso del tiempo, el Rey se volvió más malo, los jueces más injustos y la policía más cruel, motivo por el que el concepto de inmunidad, o aforamiento, hubo de ser extendido a otros representantes del pueblo, tales como alcaldes, presidentes de comunidades, etc.

Hoy, en día, no podemos fiarnos del Rey, ni de los jueces, ni de la policía, y prueba de ello es que, afirman los más alarmistas, existe casi medio millón de personas aforadas.

Tal vez no sea así, y quienes se encuentran aforados, tienen privilegios a la hora de no poder ser enjuiciados como el común de los ciudadanos, o de no poder ser detenidos por un par de números cualquiera de la Policía Nacional o la Guardia Civil y, sí no es por el peligro de ser perseguidos o maltratados por representar a los ciudadanos, o para evitar que representen a los ciudadanos … tal vez sólo sea por el interés que tienen en guardar sus privilegios.

Nuestros políticos son muy justos, honrados, demócratas, creen y practican con el ejemplo la igualdad de todos los españoles, JAMÁS se reservarían un privilegio si no existiera una real y legítima causa para ostentarlo …

Nuestro Rey es un modelo de monarca, JAMÁS encarcelaría a los congresistas con el fin de que éstos no votaran en el Congreso. Entonces ¿por qué conservan esos privilegios? ¿es que desconfían del Rey?

Nuestros jueces no siguen los caprichos del monarca, sólo aplican la norma, y los mejores, puede de hasta la JUSTICIA (justicia con mayusculas, que es algo muy superior a la simple norma). La prevaricación y otras figuras similares, entre los jueces, están totalmente desterradas. Entonces ¿por qué conservan esos privilegios frente a la judicatura? ¿es qué desconfían del juez?

Nuestra policía es un modelo de profesionalidad y virtudes, sólo actúa conforme a la Ley, respetando la legalidad y cumpliendo estrictamente ordenes judiciales legales. Entonces ¿por qué conservan esos privilegios frente a la policía? ¿es qué desconfían de la policía?

¿Cuál es la causa de conservar estos privilegios? ¿Quién es el malo del que pretenden defenderse estos ejemplares y ejemplificantes representantes del pueblo?

Tal vez alguno piense que es sólo su seguridad, su comodidad y que no apreciaron correctamente la diferencia entre la palabra inmunidad y otras muchas fonéticamente similares, pero eso es algo que, como he leído muchas veces en esta “web”, no ocurre en España porque somos un país moderno, europeo y democrático, porque todo lo anterior solo es un melancólico cuento escrito en una tarde de otoño en el mirador de mi casa, mientras llueve en la calle y languidece el día . . .

Por .
Manuel de Cristóbal López
Abogado ICAM (col. 56.250)
MADRID

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