(2013-11-06) Sobre las motivaciones



Sobre las motivaciones


Existen dos grandes teorías sobre organización: crear unidades generales o crear unidades especiales.

Las unidades generales permiten tratar cualquier tema, abordar cualquier cuestión desde múltiples aspectos, prever la preparación en general, ver de todo, conocer cualquier caso.

Las unidades especiales optimizan recursos, trabajan de modo casi automático, teniendo protocolizada su actuación. Es un trabajo eficaz, rápido y de alta calidad.

El problema de las unidades generales es su alto coste en comparación con su rendimiento, mucho más bajo que el de una unidad especializada; y, cuando se enfrentan a profesionales especializados, se encuentran en inferioridad de condiciones.

El problema de las unidades especializadas es su falta de flexibilidad y su inadecuada o inexistente formación y medios para tratar asuntos que quedan fuera de su campo de especialización.

La solución lógica y tradicional consiste en utilizar una combinación de ambas soluciones: unidades especializadas para los asuntos más complejos y unidades generales para los demás. Así, tenemos juzgados generales, de familia, hipotecarios, etc. La norma mnemotécnica dice que el 20% del personal (general) resuelve el 80% de los asuntos y el otro 80% del personal, el 20% restante de asuntos.

Una aproximación a los Cuerpos de Seguridad permite comprobar que existen unidades generales, junto a otras de homicidios, de crimen organizado, etc.

La cuestión que se pretende abordar aquí es el modo o los criterios de creación de estas unidades. No son muy conocidos y su regulación es muy general Todo lo regulado es tan genérico que trata de dar cobertura a casi cualquier decisión que se adopte.

¿Cómo se regulan los criterios para separar a quince policías y tres administrativos y destinarles en exclusiva a una actividad? La respuesta es clara: no se puede y no se debe. Debemos definir un determinado grado en la escala de mando, confiar en su criterio y delegar. Pero esto es muy peligroso pues incrementa el gasto, reduce el número de efectivos para cuestiones generales y, siempre, es un salto al vacío porque una unidad nueva, con gente dedicada en exclusiva a un solo tema, con medios especializados, siempre es algo nuevo y desconocido.

Resulta preciso reconocer que la delincuencia tiene dos niveles: uno, el nivel burdo, de batalla, el robo con violencia, el menudeo de droga, etc. Y otro, más especializado, como es la duplicación de tarjetas, butrones, delincuencia informática, falsificación de arte, etc.

Para la delincuencia especializada se necesita una policía especializada pues la delincuencia de alto nivel técnico cambia y se adapta a las circunstancias. Los mismos sujetos que, hoy, duplican tarjetas en Madrid, en verano, se trasladan a Ibiza y, el año próximo, a Croacia. Quienes, hoy, venden inhibidores de radar, mañana se pasan al robo de coches de alta gama y, dentro de dos días, se trasladan a otro territorio como Francia a desactivar la alarma de un museo.

Además, hay que reconocer que, salvo notables excepciones, resulta imposible realizar un estudio fiable de cuantos delincuentes existen en este momento y, aún menos, de cuantos habrá en el futuro. La conclusión es inmediata: puede parecer necesario crear una unidad especializada y, nada más ser creada, apreciarse la necesidad de disolverla por falta de efectividad, falta de delincuentes, traslado de la actividad delincuencial a otra área o territorio. Pero esto no debe ser considerado ningún error. Los criterios y los elementos de decisión con los que se cuenta, en cada momento, son totalmente inadecuados, indiciarios y parciales.

Desde fuera, y sin haber realizado un seguimiento exhaustivo de las unidades policiales, puede afirmarse que se crean muchas y no desaparece ninguna.

Habiendo dejado sentado que no es ningún error disolver una unidad por falta de trabajo o por falta de suficiente trabajo, dado que los delincuentes cambian de actividad, emigran a otros lugares o simplemente no puede saberse cuantos delitos se cometerán en el futuro, la pregunta que se plantea, hipotética, por supuesto, es: ¿Qué ocurre cuándo una unidad no tiene suficiente trabajo? La primera respuesta, la salida fácil, sería no hacer nada, dedicarse a jugar al mus. Pero esta posibilidad no parece prolongable en el tiempo. Con la primera evaluación de resultados, surgirá el problema. Pero ¿acaso existe problema? Es un tema oscuro, sin declaraciones de los interesados, sin datos estadísticos exactos. La noticia de la disolución de una unidad especializada de policía debe ser una gran noticia pues indica que en un territorio no hay excesivos delitos de un determinado tipo, sin embargo, no se escucha.

A efectos meramente dialécticos: ¿qué ocurre cuando una unidad debería disolverse y no se hace? Se debe dejar claro que la disolución no es un perjuicio, en sentido estricto, sólo es un foco de molestias. Los miembros de la unidad no van a perder su trabajo pero serán destinados a otros lugares, con nuevos compañeros. Tampoco van a perder su salario pero, en los nuevos destinos, tendrán otros complementos, tal vez superiores, pero puede que inferiores, etc., habrá cambio de oficinas, de muebles, es decir, un lío de personal y un infierno de inventario, molestias y molestias, nada más.

Supongamos también, a efectos meramente dialécticos, que se prolongue artificialmente la existencia de la unidad. Resulta totalmente posible si se cuenta con la ayuda del elemento político. Por ejemplo: puede ser políticamente necesario contar con una unidad que persiga el “doping”, de cara a una eventual concesión de las Olimpiadas. Y ¿qué hace una unidad con falta de trabajo para justificar su existencia? Buscar trabajo y buscar delincuentes. Pero esto, aparentemente correcto, es incorrecto y, eventualmente, ilícito. No es posible decir: ¡vamos a seguir a todos los entrenadores de XXX a ver si delinquen! Tampoco ¡vamos a intervenir los teléfonos de todos los servicios médicos de los clubes que facturan más de XXX millones de euros a ver si delinquen!

En un Estado de Derecho, europeo, moderno y democrático, la intimidad y la tranquilidad de los ciudadanos son derechos que únicamente pueden ser perturbados sí existen indicios de delito. Otros aspectos a valorar serían la importancia del delito y el grado de intrusión en la intimidad pero el requisito previo y necesario siempre es la existencia de un indicio de delito.

Cuando se tiene a una unidad, mano sobre mano, por falta de trabajo, una de las salidas posibles consiste en enviarla a buscar dicho trabajo. “Sacar” a la calle a la policía para que busque delincuentes no es algo que venga mal. No parece nada malo. Pero suena evidentemente peor, y es evidentemente ilegal, cuando lo formulamos así:

-Ordenar el seguimiento de Juan porque sí, por si acaso…
-Pinchar el teléfono de Antonio porque sí, por si acaso…
-Investigar las cuentas de Federico porque sí, por sí acaso…
Sin atreverme a decir qué ha ocurrido, sin aventurarme a concretar cual es la causa, pero recordando que, en un país moderno, occidental y democrático, estas cosas no ocurren, algunas personas, muchos más incrédulas, menos respetuosas con los poderes establecidos, opinan y dicen que éste es el motivo por el que multitud de unidades especiales antiterroristas, ante la falta de objetivos claros a los que perseguir, han sido “lanzadas a la calle” a buscar trabajo, realizando escuchas, seguimientos, etc., en busca de eventuales sospechosos. La famosa frase de las películas “detened a los sospechosos habituales”.
También, dentro de este grupo de personas, existe un subgrupo aún más irreverente e irrespetuoso, que no acepta que todas las acciones policiales son por el bien de la ciudadanía y que ha lanzado graves afirmaciones contra la unidad especial de la Guardia Civil contra el dopaje. Quienes mantienen esta teoría, entre otros ejemplos, y con relación a la “Operación Galgo”:
-Sostienen que se inició sin motivación
-Que se montaron operativos sin indicios con el único criterio de “a ver si hay suerte”.
-Que, tras meses de investigación, se articuló una investigación por un delito de dopaje con el único indicio de haber visto a un deportista con una bolsa negra.

Por todo esto, con esta argumentación, las defensas de los imputados pidieron la nulidad de todas las actuaciones y la retirada de todas las pruebas del procedimiento penal.

También se comentó y alegó que la “Operación Galgo” era un intento de resarcirse del fracaso de la “Operación Puerto”.

Los que leímos los periódicos de hace algún tiempo, yo el primero, tuvimos la impresión, un convencimiento íntimo de que hubo que diseñar un tipo de análisis específico para encontrar algo en la sangre de Miguel Induráin. La incultura de quienes no sabemos medicina implica que el 0,01% de cualquier cosa nos parezca ridículo. Nuestra propia ignorancia nos hace verlo así. Cuando vemos una lista de ceros y alguien nos dice que eso es sólo una excusa para que un funcionario, aunque sea de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, lo hace para conservar su puesto, simplemente nos resulta muy creíble. Tampoco podemos entrar en mayores profundidades ni tenemos criterio para hacerlo. Lo grave es cuando estas acciones son a costa de las carreras profesionales de grandes deportistas y, a pesar de ello, nos sigue resultando creíble la persecución porque el 0.0…01% nos resulta incomprensible. Sin embargo, cuando nos dicen que produce un gran perjuicio a la imagen de España, sorprendentemente ni nos inmutamos.

Ahora, la cuestión que, finalmente, se plantea es doble:
-Si de verdad ha ocurrido todo esto para justificar la pervivencia de la unidad es algo gravísimo.
-Si simplemente los delincuentes han ocultado las pruebas:
¿De verdad lo descrito, en los últimos párrafos es la percepción que tiene la sociedad?
¿Qué ha ocurrido para llegar aquí?
¿Qué han hecho los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad para generar en la colectividad estos pensamientos?
-Si lo que parece ha ocurrido:
¿Cómo es que no hay consecuencias públicamente conocidas?
-¿Cómo no se sabe de unidades disueltas?

Bueno, también puede ser que el suscribiente esté rodeado de un extraño grupo de personas que están de vuelta de todo, totalmente incrédulas y que aprecian la realidad de un modo aberrante.

Y, finalmente, debemos terminar afirmando que, gracias a Dios, estas cosas no ocurren porque estamos en un país moderno, occidental y democrático, y por ello debemos pedir disculpas:
-Al Sr. Obama
-A la N.S.A.
-A la C.I.A.
-A la T.I.A. (de tan grato recuerdo en nuestra infancia)

Que nunca salieron a buscar trabajo por “Google”, ni por “Yahoo”, ni “enchufaron” sus ordenadores a los móviles de la Sra. Merkel, etc.

Escrito por Antonio_2000
para http://www.asesoria-legal-ya.com
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